viernes, 3 de septiembre de 2010

Por marranos nos van a poner los cuernos.

Defender o no los toros es un asunto de gustos. No me deleito con el dolor animal ni mucho menos, pero no me adhiero a la política de la prohibición de un espectáculo al cual cada quien decide ir y no precisamente bajo presión. Quizás los que están en contra van en defensa del toro y no me opongo, sin embargo, en Colombia esta es una tradición propia y característica de las festividades de los pueblos y las ciudades, además que negarlas sería atentar contra las costumbres y la cultura propia.
Por otro lado, los que están a favor dicen que no entienden porqué embelesarse con un acto tan sangriento, con la reunión de multitudes alrededor de una festividad que tiene poco sentido, pero entonces porqué no controvertir del tema de los marranos. En diciembre las familias se aglutinan para darle la puñalada final al lechón; es desagradable ver y escuchar sus chillidos y mientras éste se desangra, una cerveza va y viene y  no he visto la primera marcha que se oponga  ni la Corte Constitucional que esté a punto de vetarlas.
En este show goza el matador, el carnicero, el dueño de la camioneta, el que vende el helecho y hasta el mismo cuchillo que atraviesa su empuñado corazón. Con el toro también, a pesar de que se convierte en un evento más proselitista, pues los asistentes van desde estratos que ocupan el gallinero y las familias de rancio abolengo que ocupan la contrabarrera.
Asimismo, a ¿dónde van a parar las plazas de toros?. Si este escenario va a mutar en ambientes de conciertos, eventos sociales y comunitarios, prefiero que el Estadio Palogrande lo adecuen para que allá se realicen. No dudo que esto vaya a ser real, porque al paso que vamos en este país el Gobierno privatiza la salud, la educación, los medios y por si fuera poco los toros de lidia les va tocar quedarse como prisioneros de guerra.

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